El último Camelot

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I believe the characters we read on the page become more real than the men who stand beside us.

Perder a un ser amado puede ser, sin duda, uno  de los momentos más intensos y devastadores que puede vivir un ser humano. Lo que sucede después es un proceso de luto en el que nos acostumbramos a no tener junto a nosotros al otro y ese evento se vive de maneras muy diferentes para cada persona. Hay ocasiones que por más desesperanzador que parezca el panorama las condiciones que nos rodean nos obligan a mostrar fortaleza inmediata haciendo que posterguemos nuestro duelo interno para otro momento, o tal vez a dejarlo en el olvido.

Jackie nos coloca en el lapso de tiempo en el que la primera dama de los Estados Unidos Jackie Kennedy (Natalie Portman) debe afrontar el asesinato de su marido JFK (Caspar Phillipson) para después mostrarse al mundo que espera expectante sus acciones. El hilo conductor de la cinta será la entrevista que Jackie brindó a un reportero en su hogar a sólo 7 días del fatídico suceso, de ahí viajaremos en el tiempo para conocer mucho más a fondo a nuestro personaje central, no iremos a su infancia, tampoco veremos la forma en que conoció y vivió con J.F. Kennedy, solamente conoceremos sus vivencias tras la pérdida de su marido hasta el momento en el que debe salir de la Casa Blanca.

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Pablo Larraín realiza su primera cinta en inglés y el director chileno logra llevar todo su estilo a Hollywood. Su cinta, como era de esperarse, rompe todas las reglas del género y entrega una mirada íntima y consciente de su personaje, a Larraín no le interesa contar una historia sobre los logros y trascendencia de una mujer, le interesa LA mujer por sí misma, su humanidad, sus miedos y sus males y es justamente eso lo que hace a Jackie algo único, la convierte en una vivencia, en toda una experiencia.

Desde el primer momento seremos testigos de la poderosa presencia de Jackie, sus obsesiones, su perfecto control, su suave y delicada voz mientras articula de manera inmaculada cada palabra que dice nos dejan en claro que la primera dama es solamente una fachada, no es la verdadera mujer, sino un acto frío y calculado, una carcasa que la protege del mundo real y que al mismo tiempo funciona como pantalla de lo que la que gente espera ver en ella.

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El magnífico producto que vemos en pantalla es el resultado de la fascinación que Larraín y Portman desarrollaron por Jackie, su compromiso con la ex primera dama es monumental. El trabajo de investigación realizado para recrear los icónicos momentos y a la todavía más icónica persona se siente en cada fotograma, ambos dan vida a una leyenda, pero una de carne y hueso.

Larraín y su guionista Noah Oppenheim articulan el relato con saltos temporales, conocemos a Jackie en 3 líneas narrativas distintas y en cada una de ellas es una mujer totalmente diferente, pero siempre en su papel. Las interacciones que Jackie tiene con sus allegados constituyen siempre momentos íntimos en la cinta, las emociones están presentes en todo momento, cuando Bobby Kennedy (Peter Sarsgaard) intenta proteger a toda costa a su cuñada de la información y del mundo exterior, realmente lo sentimos y cuando la ex primera dama abraza a su asistente Nancy (Greta Gerwig) el cariño adquiere forma humana.

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Jackie adquiere rasgos elegantes y sofisticados gracias a todos los elementos de producción que dan vida a toda una época, que con tintes modernos, contrasta de manera espectacular con la cinefotografía de Stéphane Fontaine que destaca la luz que posee cada elemento del cuadro. Los envidiables vestuarios le hacen justicia al figura de la moda que los porta, cada pieza que Portman usa se ajusta a su delgada figura de forma natural. El canónico vestido rosa DE Jackie Kennedy luce imponente, impecable, es único.

Mica Levi realiza uno de los trabajos que más destacan en toda la cinta, y eso es decir mucho, el score que compone es uno para todos los tiempos, los acordes cautivan y elevan las emociones de la protagonista, Larraín aprovecha la banda sonora para dejar que su historia fluya, permite que los elementos se conjuguen de manera magistral para crear una atmósfera envolvente, una que nos atrapa en la tragedia, en la desesperación, en la soledad y en la tristeza.

Gracias a todas las suertes del mundo tenemos una cinta como Jackie dirigida por el inventivo, refrescante y alucinante Pablo Larraín, el director imprime todo su talento en cada cuadro y en cada detalle de la historia; Jackie se refiere a su esposo con cariño, tal vez porque así tenía que hacerlo o sentía que debía hacerlo, y en una conmovedora y genuina revelación de la entrevista cuenta el gusto del expresidente por el musical Camelot e incluso lo compara, afirmando que vendrán nuevos y buenos presidentes pero nunca habrá de nuevo otro Camelot.

Natalie Portman as "Jackie Kennedy" in JACKIE. Photo by Pablo Larrain. © 2016 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

Es oportuno que una de las mejores secuencias de la cinta se encuentre musicalizada con una pieza del musical original Camelot, en ella encontramos a Jackie deambulando por la casa blanca, como un fantasma, sola y sin sentido mientras la canción suena de fondo, se prueba distintos vestidos, los cortes son precisos, cada vez la dureza y crudeza de los mismos va en aumento, al igual que las emociones y los tragos de Jackie, es evidente que ama su ropa, pero esas mismas vestimentas representan todo lo que un día fue y no podrá volver a ser, son el personaje que todavía no puede abandonar, Jackie no solamente perdió a su marido, también perdió su identidad.

Sebastián Sepúlveda se encargó de editar la cinta y gracias a sus trabajos previos con el director es que lo comprende de una manera tan natural, ambos forman una exquisita dupla que no intenta entregar una serie de imágenes coherentes que den ritmo a un todo, lo que verdaderamente hacen es crear un concepto y el resultado es brillante. Las secuencias en las que Jackie habla con un clérigo sobre la fama y la religión, ¡vaya, sobre la vida misma! En manos de cualquier otro equipo pudieron parecer fuera de lugar, pero los chilenos lo convierten en un pilar importante de su relato, uno que trasciende de manera monumental.

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La dueña de la película es sin duda la genial Natalie Portman, su interpretación es sobria y controlada, es interesante ver como la actriz descubre a la mujer bajo a la máscara del personaje, toma todo ese material y lo contiene en su rostro, en su mirada; ella también se vuelve calculadora, cada paso que da fue pensado mucho antes de darlo. Los múltiples close-ups de su rostro nos permiten apreciar la desesperación y la agonía que se ocultan detrás de la sonrisa fingida, Portman vive la dualidad de Jackie, el personaje y la mujer de carne y hueso, ambas en el mismo momento.

Jackie no es una película biográfica tradicional, Larraín se desprende hábilmente de los momentos que hubieran constituido el elemento central en la cinta de cualquier otro director, por ejemplo, es evidente que la secuencia del asesinato de JFK es parteaguas en el relato y que fácilmente pudo haberse convertido en más de la mitad de la cinta, sin embargo en la película de Pablo no tiene más que un par de minutos de duración, no da espacio al sensacionalismo, sino todo lo contrario el naturalismo con el que es filmada es lo espeluznante, los cortes son agresivos, la cara de Natalie es devastadora, los elementos se combinan para hacerlo real, para que trascienda la pantalla y ahí se encuentra la tragedia.

Las emociones que Jackie despierta son intensas, la melancolía nos invade y destroza, pero también tenemos pequeños destellos de alegría, el momento en que Jackie baila sonriente con su esposo en una fiesta es genuino, es icónico a pesar de su aparente irrelevancia, es un momento que perdura en la eternidad, es algo que nos recuerda que por un breve y pequeño instante hubo un Camelot y ese Camelot, mi Camelot, es Pablo Larraín.